La presidencia de México del Consejo de Seguridad de la ONU


En medio de una crisis sistémica y evolutiva del orden internacional marcada por la catarsis económica, sanitaria, climática y de refugiados, así como de una concatenación de desafíos planetarios que han disparado la asistencia humanitaria mundial en el 2021, es que se acredita la presidencia de México en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el único órgano de la máxima instancia internacional, cuyas decisiones son vinculantes y mandatorias para todos los países del orbe. Como miembro no permanente, México será facilitador de los debates y se encargará de la labor del Consejo durante el mes de noviembre, una gran oportunidad no sólo para llevar la voz de la decimotercera economía del mundo en términos de poder adquisitivo, sino el sentir latinoamericano cuando la pandemia del COVID-19 inauguró la segunda década pérdida en la región, según la Cepal.

Bajo una cruzada antagonista y polarizante que se atestigua en el seno del máximo órgano encargado de mantener la paz y seguridad internacionales se consagra la visita del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, el segundo viaje al exterior que transcurre a la mitad del sexenio, tras la primera entrevista efectuada con el expresidente Trump en Washington. Si bien los ánimos estarán guiados para participar en un debate de alto nivel sobre “Exclusión, desigualdad y conflicto”, en el que se espera centrar el mensaje en el combate a la corrupción, la realidad estará marcada por otros temas duros, de mayor ambición y de enormes repercusiones geopolíticas que están sellando los circuitos del debate internacional.

Afganistán, la situación caótica en Sudán derivado del último golpe de Estado, las reuniones programadas sobre las misiones de apoyo en Libia, Somalia y la República Centroafricana, el estatus de Yemen, el uso de armas químicas en Siria o bien la reunión prevista de revisión de sanciones a Corea del Norte del Comité 1718. Todo lo anterior se materializa en un poderoso recordatorio sobre la naturaleza del máximo órgano de toma de decisiones, aquel que permite el uso de la fuerza, impone sanciones, establece vetos, dicta embargos de armas e instaura tribunales penales internacionales, además de aprobar y coordinar las Operaciones de Mantenimiento de Paz (OMPs).

Será en este escenario enmarañado y complejo donde México busque posicionar sus prioridades internacionales ante un Consejo de Seguridad que utiliza constantemente la interposición del uso del veto entre los cinco miembros permanentes que han obstruido la operación del mismo: 210 vetos en más de 75 años de trabajo que se aderezan bajo el retraso de negociaciones difíciles y prolongadas. Los datos publicados por la Biblioteca Digital de Naciones Unidas avalan esta inacción, parálisis y disfuncionalidad con el número más bajo de decisiones formales que el Consejo logró respaldar desde 1991: 67 en 2019 y 70 en 2020. Aunado a ello, la rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China que cada día se formaliza más y sumado al enfado de París con Washington y Londres por el pacto militar con Australia (AUKUS), el número ahora podría inclinarse todavía más a la baja.

México podrá hacer poco o nada en el Consejo de Seguridad. No hay condiciones para avanzar en una política de formación de bloques que polariza y divide. Podremos contar con una sólida tradición en temas como desarme, migración, cooperación internacional, diplomacia preventiva y vocación pacifista y multilateralista, pero lo que priva es la falta de consensos políticos y compromisos vinculantes entre los cinco grandes para reforzar el armazón de la gobernanza mundial. Está por verse si en los tres órganos subsidiarios que México lidera como el Comité de No Proliferación, Sanciones a Malí y el grupo de trabajo Mujer, Paz y Seguridad -éste último que copresidimos con Irlanda- puedan contribuir a un ambiente más constructivo y cooperante.

Desde la trinchera latinoamericana, México podría marcar un contraste si existe la voluntad del gobierno actual de cerrar filas, a propósito de superar las diferencias políticas e ideológicas con nuestro primer rival geopolítico de América Latina: Brasil, el país carioca que ocupará el asiento que dejará San Vicente y las Granadinas en 2022. Ahí vamos a coincidir. ¿Se sacarán chispas o se impondrá la cordura entre las primeras dos economías de la región ante la peor contracción sufrida desde 1929?

Este artículo fue publicado originalmente en el sitio Expansión.

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