¿QUÉ DEFINIRÁN LAS URNAS ESTE 2014?


Entrevista concedida a Journal México, enero de 2014


Autor: Luis Monroy

Egipto, apenas en las postrimerías de este asimétrico año, se ha adelantado al resto de los países y ha levantado el telón de las votaciones que se avecinan a diestra y siniestra. 2014, un año colmado de significación histórica por el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial, avista infinidad de comicios electorales en lontananza, y de los cuales se extirpará, quizá a regañadientes, el rumbo de las relaciones económicas y geopolíticas del resto de la década y un poco más allá. Con el referéndum del pasado 14 de enero (que es más una ansiada búsqueda de legitimidad por parte del Gobierno impuesto por los militares), Egipto inició la densa actividad electoral que en Centroamérica ha iniciado su gira mundial. Sobre esto, unos dirán: Ninguno de los países más influyentes del mundo, dígase Estados Unidos, China, Reino Unido, Alemania, Francia o Rusia encaran elecciones, ¿por qué mostrar atención a este respecto? Por un lado es cierto, cuando estos países se levantan de su silla para rascarse, el resto del mundo se estremece cual mesa desnivelada; sin embargo, eso no significa que el mundo funcione a la antigua, es decir, a partir de las jaquecas y berrinches de unos cuantos países pretenciosos. Por supuesto que el reacomodo geopolítico genérico de cada inicio de siglo supone la consumación de los intereses de las grandes potencias a partir de los hechos trascendentales del resto de las naciones, y es por eso que la llegada de tal o cual al poder o la permanencia de un reacio afectará definitivamente y sin capacidad de retractación el giro político global. Pero como la batuta electoral de este año la toma América Latina, por encima de los comicios europeos, africanos y unos cuantos en Asia, habremos de enfocarnos en nuestra región y las consecuencias directas de sus actos.

América Latina

 Este año, siete presidencias estarán en juego, de entre las cuales tres son aspiración a reelección. Costa Rica, abatida por el descontento social y conmocionada con las embestidas del izquierdista José María Villalta, Panamá y El Salvador conforman el bloque centroamericano. En tanto, Uruguay, inmerso en la dicotomía que suponen los aplausos internacionales por la legalización de venta y producción de marihuana y el contrapeso del aumento de la inseguridad (la mayor preocupación de los uruguayos actualmente) y el atraso en educación, buscará, a través del expresidente Tabaré Vázquez la permanencia por tres gestiones consecutivas del Frente Amplio en el Gobierno.

Sin embargo, es preciso considerar que si bien el presidente José Mujica ha sido bendecido con el reconocimiento vecinal, en casa las cosas no marchan del todo bien. El ejemplo más claro de esto supone la legalización del estupefaciente mencionado más arriba que, de acuerdo con el estudio realizado por Equipos Mori, poco más del 20 % de la población la aprueba; estas contradicciones, aunadas a la falta de liderazgo de Mujica en torno a la relación con Argentina y el espectro de las promesas inconclusas, es la gran esperanza del Partido Nacional  para ganar las elecciones. En el caso de los Gobiernos de Bolivia y Colombia, la situación no luce tan apremiante como la de su vecino del sur.

En el caso del primero, Evo Morales, primer presidente de origen indígena (dato por demás trascendental para un país declarado plurinacional en el que conviven 36 etnias), busca una nueva reelección luego del fallo del Tribunal Constitucional que revoca lo dictado en la Carta Magna del 2009, que no permitía más de dos períodos presidenciales en la figura de una sola persona. Además de que Morales cuenta con el apoyo del bloque indigenista hay un vacío insondable en el bando de la oposición que luzca lo suficientemente fuerte para arrebatar la Presidencia al oficialismo actual. De acuerdo con la maestra Rina Mussali, internacionalista del Canal del Congreso, en entrevista para Journal México, “si el mismo establishment del Tribunal Constitucional está apoyando una tercera reelección, difícilmente puede llegar otra figura externa para que pueda darse un cambio en Bolivia. Evo Morales está con todos los hilos del poder.”

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Fuente: yoinfluyo.com

Colombia

La situación de Colombia, en tanto, está cuanto más equiparada; sin embargo, las encuestas aún favorecen al actual presidente, Juan Manuel Santos. El caso de Santos, en concordancia con la región, es altamente particular. Durante años recientes, Colombia ha gozado de un despliegue económico considerable, lo cual, en gran medida, deriva de su muy activa política exterior. Además de ser miembro de la Alianza del Pacífico (junto con México, Chile y Perú), Colombia está gestionando su ingreso a la OECD (Organización para la Cooperación Económica y Desarrollo) y al Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), lo cual le ha valido un aumento en las inyecciones de Inversión Extranjera Directa (IED). Sin embargo, no huelga mencionar que a pesar de la bonanza, Santos también ha tomado sus dotaciones de amargura durante su gestión. Si bien cuando anunció el inicio de un proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) su aceptación alcanzaba el increíble nivel de 80 %, los problemas surgidos durante la gestión de este han deteriorado su imagen.

Ahora, parece que se vislumbra una salida al conflicto, que, de lograrse, lo encumbraría como el primer presidente en 50 años en alcanzar la anhelada y paz con las guerrillas. Su principal oponente en los comicios será Óscar Iván Zuluaga, de Uribe Frente Democrático, el partido del expresidente Álvaro Uribe, y contario en todo lo que se pueda imaginar a Santos. Y es que es preciso recordar que uno de los principales críticos para con el proceso de paz ha sido el mismo Uribe (quien durante su mandato orquestó una guerra frontal y sin tapujos contra las FARC), pues se ha mostrado sumamente escéptico  con respecto a las auténticas intenciones del grupo guerrillero. Aún así, las preferencias, a reservas de lo que pueda suceder este año (pues hemos de recordar que Latinoamérica es tan sorpresiva como inconsistente) se decantarán por Santos. Y en este punto, sin embargo, es preciso hacer una mención de México. Ambos países llevan una relación privilegiada a ambos bandos, la cual habría de estrecharse aún más con la permanencia de Santos y los cinco años restantes del PRI en el Gobierno mexicano (¡gran noticia para la derecha conservadora de la región que progresivamente se va quedando sola ante el avance de las izquierdas!), principalmente por el liderazgo que ambos países han de tomar en la Alianza del Pacífico, toda vez que Michelle Bachelet asuma la Presidencia chilena. Las elecciones en Colombia, por tanto, son clave por la necesitada continuidad que Santos requiere para alcanzar un acuerdo con las FARC que finalmente las desarme.

América Latina no está más para enfrentar guerrillas desestabilizadoras que, aunadas a una mala gestión gubernamental, se suelen cobrar la vida y (escasas) riquezas de los inocentes, que además retrasan el desarrollo social y económico de tal o cual nación; debe, de una vez por todas, emanciparse de ese distorsionado homenaje a la palabra “revolución” tan asiduo en el siglo XX. El menester es claro: Juan Manuel Santos debe ser reelegido como presidente de Colombia.

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Fuente: journalmexico.com

Brasil

Por supuesto que en este repaso regional falta mencionar a Brasil, el gigantón sudamericano cuyo vozarrón está haciendo eco en Asia y Europa. “Tenemos una reelección en donde Dilma Rousseff, con el Partido del Trabajo, se siente ya más independiente de Lula da Silva. Finalmente encuentra mucho más identidad su Presidencia, en donde se quita de estas sombras. Además, su economía ha crecido; no olvidemos que durante 2010 esta creció al 7.5 % pero se ha desacelerado, y esto también se conecta con lo que ha pasado en China y en India”, explica la experta en temas internacionales. Sin embargo, la búsqueda de reelección por parte de Dilma Rousseff se cimbra en un escenario distinto al del resto de la región. Pero para comprender esto, habrá que considerar dos factores relevantes e interrelacionados entre sí.

El primero de ellos atañe a las protestas sociales suscitadas durante junio del año pasado, en las que cientos de jóvenes universitarios (en primera instancia, pues más tarde se les unieron distintos grupos) estallaron en contra de la falta de infraestructura en el transporte público, el atasque del sistema educativo y la corrupción, además del agregado que supone el inconmensurable gasto público para dar cabida a las justas deportivas que se avecinan. Al momento de las manifestaciones, la imagen de Dilma Rousseff se desplomó hasta caer en un 30 %, lo cual bien le valió a Aecio Neves, candidato de centroderecha y principal opositor al oficialismo, la esperanza de encumbrarse como ganador de las elecciones. La esperanza, por supuesto, fue tan fugaz como un suspiro. Dilma atenazó las protestas con una bien estructurada y veloz propuesta de reforma política, al tiempo que redobló la confianza de su gente para con ella al ser la única mandataria en todo el mundo (sí, en todo el mundo) que le plantó cara a Estados Unidos tras las intrigantes revelaciones de Edward Snowden con respecto al programa de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense. Ante esto, surge una pregunta fundamental: En caso de que haya una oposición lo suficientemente fuerte como para llevar la contienda electoral a una segunda vuelta, ¿qué factor definirá al ganador?

Es preciso remembrar que Brasil, en los últimos treinta años, ha gozado de un progreso fulgurante (no en balde ha sacado a 30 millones de personas de la pobreza), lo cual ha generado nuevas expectativas en la población y, más importante aún, mayores exigencias para el bienestar social. “La toma de las calles está más vinculada con la bonanza económica, que (ahora) se ha desacelerado. Es decir, la toma de las calles en Brasil está relacionada con el ascenso social y la expansión de la clase media. Con esta revolución de las expectativas en  Brasil, hay una incapacidad de la clase política para darle cabida a estas nuevas demandas”, explica Rina Mussali. La situación de Brasil bien puede recordarnos lo sucedido durante la “edad de oro” posterior a la Segunda Guerra Mundial que vivieron los países desarrollados y altamente industrializados, en los que se comenzó a formar una población acostumbrada a los beneficios de una economía saludable, y la cual consideraba que nada podía salir mal, y que dichos beneficios serían permanentes. Pero cuando ese paradigma se rompió, es cuando los problemas sociales asonaron nuevamente, ante lo cual no cabe más que encomiar la rápida respuesta de Dilma Rousseff para mejorar los servicios públicos y combatir la corrupción.

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Fuente: latinmedianews.com

“Paso heterogéneo”

Por lo tanto, el factor económico pareciera encabezar el contexto en el que se celebrarán las elecciones en América Latina y, principalmente, en Brasil. Sin embargo, no se debe dejar a un lado la cuestión ideológica, tan arraigada en nuestra región. Esta, focalizada por los divisores políticos y económicos que suponen, por un lado, el avance de los países de Mercosur y el leve estancamiento de los países de Centroamérica y México marca aún más, como explica Rina Mussali, “el paso heterogéneo de América Latina”. Y es que la tendencia electoral, una vez más marcada sustancialmente por el peso ideológico de los partidos y los candidatos (este último relacionado a la fuerte afección del latinoamericano por los personajes fuertes, inmaculados con el aura revolucionaria, a pesar de que la porten o no) apunta a un fortalecimiento de las izquierdas.

Con el regreso de Michelle Bachelet, de corte socialista, a la Presidencia de Chile, el mapa geopolítico regional ha vuelto a temblar, pues la disonancia que implica la “desunión latinoamericana” sigue partiendo en dos grandes pedazos las alianzas regionales.  El gran ejemplo de esto es el reflejo dicotómico de la Alianza del  Pacífico (más encaminada al libre comercio) que como explica la internacionalista del Canal del Congreso “es un minigrupo latinoamericano dentro de los países del Pacífico, que lo único que busca es tener más dientes para negociar frente a otros poderes globales”, frente al Mercosur, el cual es más proteccionista.  Por tanto, este año, a menos que un escándalo de corrupción, una manifestación lo suficientemente potente como para desestabilizar a un Gobierno, o la repentina aparición de un candidato que mágicamente se gane el cariño de la población, habrá un viraje en las preferencias electorales; es decir, como reza el antiguo proverbio griego: sería más fácil conquistar Babilonia.

Ante la dificultad de un cambio de aires en los palacios gubernamentales de cada una de las naciones llamadas a acudir a las urnas este año, la encrucijada se abre a partir de, primero, ¿cómo harán estos Gobiernos para combatir la desigualad en América Latina? La región no es la más pobre del mundo, pero sí la más desigual. La retórica socialista, al menos en la tradición, encumbra la igualdad como uno de sus estandartes de batalla, por lo que se requiere especial atención en los mecanismos que las izquierdas latinoamericanas están combatiendo a esta lacra social. El segundo aspecto a considerar lo ostenta nuevamente Brasil, debido a que es percibida como una de las economías emergentes (a pesar de la aparición de nuevos modelitos económicos que sitúan al auge financiero en otros puntos cardinales), y a que es el principal acreedor de Inversión Extranjera Directa en la región, solo seguido de cerca por México, y todo parece indicar (digo parece pues las elecciones en Brasil no se realizarán hasta la segunda mitad del año y, como bien sabemos todo puede suceder: desde que Brasil no gane la Copa del Mundo y se desplome la confianza de la ciudadanía hasta que un nuevo caso de corrupción barra, como lo suele hacer, a la clase política) que el estentóreo despliegue económico iniciado por Lula y continuado por Dilma seguirá su curso.

¿Y en el resto del mundo?

De América Latina hemos de cruzar el Océano Atlántico, pues allá nos llevan los vientos de cambio. Y aquí sí que habrán de cambiar. La remembranza histórica a causa del aniversario de la primera gran guerra cobra mayor relevancia si se toma en cuenta que este año se llevarán a cabo elecciones en el Parlamento europeo. Si bien hace 100 años el ministerio de Asuntos Exteriores británico se encandilaba al decir que con el inicio de la guerra “se apagan las luces de toda Europa”, este año las de la Unión Europea, el mayor experimento supranacional de la historia, podrían, sino apagarse, sí tornarse tenues.

El auge de los euroescépticos, principalmente en el Reino Unido (según David Cameron está dispuesto a someter a referéndum su permanencia en la UE), la crisis financiera, el atolladero del que no logran salir Grecia, Portugal y España y el resurgimiento de los adormecidos nacionalismos exacerbados han logrado despertar interés en unas elecciones parlamentarias que, al menos en 2009, no lograron atraer a gran parte de la población europea. Inclusive, han estremecido la tumba de difuntas carreras políticas como la de Silvio Berlusconi (cómo perderse, él, el gran capo del Gobierno, esta nueva oportunidad de aparecer en público en vivo y a todo color), quien ya amenazó con presentarse al magno evento electoral en lo que supondrá su autoproclamado Te Déum, su regreso triunfal.

El problema, sin embargo, radica en que los ciudadanos parecen no percibir un rumbo igualitario en la senda continental, tanto que, de acuerdo con Viviane Reding, comisaria de Justicia de la Unión Europea, tan solo uno de cada tres europeos cree que su opinión tiene validez en el seno parlamentario. A pesar de esto, hay diversos alicientes que podrían servir de imanes a las pretensiones electorales, tales como la definición de una agenda a seguir con la situación de los refugiados sirios, la relación con Estados Unidos en cuanto a su recaudación de datos, la apertura de las fronteras, la libre circulación o de los ciudadanos por todo el continente, entre otros.

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Fuente: journalmexico.com

Turquía

Ahora bien, las elecciones parlamentarias europeas no son las únicas cumpleañeras del continente, pues también Turquía se está embadurnando para encarar comicios. Recién superada la crisis social (a partir de una represión brutal constatada por Amnistía Internacional), Recep Tayyip Erdogan, en el poder desde 2002, busca extender su mandato pero no a través de la extensión de su actual cargo, sino a través de la Presidencia. En palabras de Rina Mussali, “lo que busca Erdogan, no es contender por un nuevo periodo como primer ministro, sino contender por ser presidente, porque quiere que Turquía se convierta a un sistema presidencialista y no parlamentario.Es la apuesta política de Erdogan para seguir en el poder.”

El problema para las aspiraciones de Erdogan se cifra en una bifurcación semejante a la de Mujica en Uruguay. Mientras el país goza de una creciente influencia regional, que incluso le permite negociar su ingreso a la Unión Europea al mismo tiempo que coquetea con Rusia y hasta repartir lecciones de historia a Francia y a Alemania, y su economía ha crecido notablemente, el descontento social, principalmente del sector universitario, le ha valido críticas a diestra y siniestra. Debemos recordar que durante la ola de protestas de 2013 sacudían a las grandes ciudades como Ankara y Estambul, Erdogan puso en marcha una actividad represiva sin tapujos, que inclusive lo llevaron a proferir frases inmortales como “las protestas se acaban mañana”, o aquellas que calificaban a Twitter como el inicio de todos los males de este mundo.

También es preciso recordar los achaques de corrupción en la alta cúpula gobernante, que ya ha cargado con la libertad de varios altos funcionarios cercanos a Erdogan. Asimismo, su gradual incremento de leyes de corte islamista bien le han valido la pérdida de credibilidad en un país que se rehúsa a ser como los cercanos Egipto o Libia. Ahora bien, para que no parezca que todo es malo, también es necesario mencionar.  que ha sido Erdogan quien ha logrado que las milicias kurdas accedan a dejar las armas, a cambio de la promesa de reconocimiento de su etnia en la Constitución turca, todo un hito en la historia moderna del país. Sin embargo, la consistencia de la expansión económica de Turquía pasa, por encima de cualquier otro factor, de una reconciliación entre la clase media y Erdogan. Algo que, a priori, luce difícil de consumarse. Y es que, como explica la conductora de Vértice Internacional, “esto es importante porque, como sabemos, las economías emergentes están motorizando la economía mundial; hoy el crecimiento económico mundial emana de estas, y la salida de la crisis financiera lo sellan estas”. Turquía, definitivamente, es una de ellas.

Y ya que estamos cerca de Medio Oriente, hemos de mencionar que tanto Túnez y Egipto, tan cercanos geográficamente como dispares en cuanto al curso de su nueva vida luego de la revolución (si es que cabe el término en el caso de Egipto) habrán de llevar a cabo elecciones este año, así como Afganistán, el cual enfrenta un año crucial ante la salida definitiva de las tropas de la OTAN de su país. Entre dimes y diretes, el Gobierno afgano de Karzai tiene en mente, antes de dejar el mando, alcanzar un acuerdo con Estados Unidos, que a su vez busca dejar unas cuantas tropas en el país, por si acaso hicieran falta. Sin embargo, el mismo Karzai ha sido renuente a aceptar el trato propuesto por Barack Obama, el cual, muchos de sus posibles sucesores podrían firmar en cuestión de días.

Y a propósito de Estados Unidos, este país encarará este año comicios parlamentarios, en los que estarán en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes (que difícilmente dejará de ser un órgano mayormente republicano), así como un tercio del Senado; y es en este en donde los demócratas y Barack Obama cruzarán los dedos para tener mayor presencia y establezcan un contrapeso a las reticencias de sus rivales partidistas. Como bien explica Rina Mussali, “los intereses partidistas en Estados Unidos son mucho más fuertes a veces que incluso del interés nacional”; esto, aunado al hecho bien explicado por el historiador Eric Hobsbawm, de que en este país, como en ningún otro, los órganos legislativos funcionan más como un freno para el poder central que como extensiones de la gobernanza, elevan sustancialmente el interés de estos comicios. Para cobrar aún más relevancia, anotemos que para la administración de Obama ha comenzado la cuenta regresiva para aprobar las leyes que quedan pendientes, pues estás suelen quedarse en discusión durante meses.

Las piezas están dispeustas y, lejos de inmiscuirnos en las teorías y especulaciones sobre si las elecciones populares son una herramienta real de ejercicio democrático o tan solo un espejismo previamente orquestado, la influencia ecuménica del voto continúa intacta y, este 2014, alrededor de todo el mundo, habrá de reforzar su valor.

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Fuente: latinmedianews.com

@RinaMussali

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