Comicios en Irán: ¿la reelección de Hassan Rouhani?


 

La República Islámica de Irán celebra elecciones el 19 de mayo, una cita para elegir al presidente, los consejos municipales y la mitad del Consejo de Guardianes de la Revolución, la célula que supervisa las elecciones, evalúa a los candidatos y rechaza postulaciones como aquella del expresidente Mahmud Ahmadineyad y su hombre más cercano: Hamid Baqai. De un total de 1,637 precandidatos, el Consejo de Guardianes aprobó seis candidaturas oficiales en las cuales no figuró ninguna mujer y en la que declinó de última hora, Mohammad Baqer Qalibaf, el alcalde de Teherán, quien quedó en segundo lugar en las elecciones presidenciales del 2013, a propósito de favorecer el liderazgo de Ebrahim Raisi.

El espectro político de Irán está disputado por fuerzas conservadores y principalistas, que luchan contra un conglomerado de voces más reformistas y moderadas que encabeza el actual presidente Hassan Rouhani. Entre los candidatos de línea dura se perfila Ebrahim Raisi, quien lidera la fundación caritativa más poderosa de Irán y que puede disputar no sólo el cargo del presidente, sino del mismo líder o guía espiritual,  hay que recordar que el Ayatola Ali Jamenei, quien cumplirá 78 años de edad, se rumora padece de un cáncer terminal. Es decir, Irán también se está preparando para atestiguar la próxima sucesión del líder religioso y máximo decisor en materia de política exterior, seguridad, defensa e inteligencia.

Recordemos que el sistema político iraní es un híbrido de instituciones electas y no electas que privilegian en conjunto la supremacía del Ayatolá -conocido como Velayat-e faqih. Se trata de un sistema complejo de balances y contrabalances que hilan este régimen teocrático donde encuentra eco la simbiosis del poder político y el poder religioso, la hegemonía que ejercen los clérigos y juristas islámicos sobre los creyentes. Precisamente, otra de las grandes tareas del Ayatola es mediar, conciliar y alternar el poder entre las dos corrientes políticas que surgieron desde la Revolución Islámica en 1979.

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Fuente: Press TV

Bajo el juicio de las urnas existen dos elementos que están jugando un papel clave en las preferencias políticas: la situación económica y el pacto nuclear firmado entre Irán y Occidente. Después de Arabia Saudita, Irán es la segunda economía más grande de Medio Oriente y con un peso demográfico significativo de alrededor de 80 millones de personas. Pese al paquete de sanciones económicas, financieras y comerciales que llevaron al país por el camino de la contracción, el alivio de las sanciones todavía no es palpable para la mayoría de la población, una de las grandes críticas que se cierne en torno al proyecto menos radical y extremista de Hassan Rouhani al tiempo de reinsertar a Irán en los circuitos mundiales. Entre sus logros más emblemáticos se coloca el crecimiento económico de más del 6% y la contención de la inflación a un solo dígito, mientras que el desempleo galopa junto con una falta de oportunidades hacia los jóvenes.

El presidente Rouhani, quien utiliza la normalización de las relaciones con Occidente su principal carta de juego político para conquistar la reelección le ha faltado tiempo para probar a la sociedad los beneficios de haber pactado con EE.UU. y otras potencias mundiales sobre su programa nuclear. Asimismo, el panorama se torna más complejo con la divisa de la incertidumbre que prevalece en la Casa Blanca ante la llegada de la furia populista encarnada en la figura de Donald Trump, el presidente de EE.UU; quien colocó a Irán dentro del veto migratorio y amenaza con desbaratar el programa nuclear, pese a los méritos de la negociación. Precisamente, una prueba de misil de largo alcance llevada a cabo por Irán en febrero del 2017, encendió el malestar en Washington, la capital de la Unión Americana que respondió con sanciones.

Irán es una potencia regional en ascenso. Su legado imperial, su posición geográfica, el peso de su demografía y sus cuantiosos recursos naturales –petróleo y gas- al igual que sus atributos religiosos la colocan como el máximo referente de la hegemonía chiita en el mundo musulmán. Sus fuentes del poder se extrapolan con el apoyo que recibe Bashar al Assad en Siria, los insurgentes hutíes pertenecientes a la rama chiita del islam en Yemen, Hezbollah en Líbano, Hamas en Palestina y los chiitas en Iraq.

 

 

 

 

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