El G20: las ataduras geopolíticas y los desafíos de la gobernanza económica global


Después de nueve años de la crisis financiera del 2008 y todavía cohabitando con sus impactos y remanentes, el sistema de gobernanza económica global continua endeble e incompleto. Los males de la economía internacional se tocan por la baja productividad, la consigna proteccionista, el desempeño anémico de Europa, la desaceleración de China y la falta de acuerdos entre países avanzados y emergentes que han producido una reactivación lenta y desigual.

El G20 ha fallado en su tarea de romper con el ciclo de bajo crecimiento. Según el FMI, sólo la mitad de las metas establecidas en la Cumbre del G20 en Australia se han cumplido. Lograr consensos para reactivar la economía mundial no ha sido tarea fácil, mientras que unos países ponen el énfasis en cerrar lagunas jurídicas para evitar la erosión fiscal y los paraísos offshore otros posicionan el tema de las reformas estructurales.

En medio de los encuentros y desencuentros entre potencias centrales y emergentes, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha dislocado las piezas del engranaje liberal que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial. En este contexto de incertidumbre y de falta de liderazgos, Angela Merkel junto con Emmanuel Macron y Xi Jinping buscan llenar los vacíos ocasionados por Estados Unidos para erigirse en los defensores del libre comercio, el medio ambiente y la globalización planetaria que requiere de una rectificación.

El grito de una globalización ordenada, regulada y guiada que favorezca el interés de las mayorías no puede desatender su paso ante las advertencias del Brexit, el fenómeno de Marine Le Pen en Francia,  la confederación de populismos que gravita  en la Unión Europea y el grito antisistema en Washington. Hoy las voces nativistas y más localistas se han encargado de manifestar políticamente su rechazo a una globalización asimétrica y dispar que sólo beneficia a 1,500 millones de personas de una población planetaria de alrededor de 7,500, la cifra que maneja el economista peruano, Hernando de Soto.

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AP Photo/Michael Sohn

Aún cuando Donald Trump selló el aislamiento de Estados Unidos en la Cumbre del G20 en Alemania y enarboló su proyecto nacionalista, excluyente y supremacista, los divisionismos se dejaron sentir alrededor de los temas del medio ambiente, comercio, migración y desregulación financiera que crisparon la coordinación internacional del grupo que representa en conjunto el 90% del PIB mundial, el 80% del comercio global y el 64% de la población del planeta. Pese al esfuerzo de Angela Merkel por refrendar el compromiso de combatir el cambio climático, Donald Trump desconoce la ciencia climática y ha decidido alejarse del histórico Acuerdo de París.

Bajo su discurso antisistema y de franco rechazo a la burocracia internacional, Donald Trump firmó varios decretos para desmantelar la Ley Dodd-Frank adoptada durante la administración de Barack Obama, tras el desplome Lehman-Brothers que desató la crisis financiera del 2008. Precisamente la desregulación, la falta de acuerdos entre países avanzados y emergentes y la ausencia de convergencias económicas son los ingredientes que pudieran ocasionar una nueva crisis financiera global.

En un escenario de alto voltaje geopolítico se desarrolló la cumbre del G20 en Hamburgo: el distanciamiento entre Donald Trump y Angela Merkel, las barreras de separación entre Vladimir Putin y Emmanuel Macron por la supuesta injerencia rusa en las elecciones de Francia, la tensiones de Occidente con Corea del Norte por el probado lanzamiento exitoso de un misil balístico de alcance intercontinental que levantó el rechazo de Rusia y China de ampliar las sanciones al régimen de Kim Jong-un, así como las fisuras en materia climática y de libre comercio que pronto sellaron la nueva nomenclatura del G19+1, para diferenciar a Estados Unidos del agrupamiento que defiende los principios y valores del orden liberal.

La Cumbre del G20 en Alemania no pudo esquivar el panorama político que se vive en Washington, cuando las agencias de inteligencia en Estados Unidos llegaron a la conclusión de que Rusia si tuvo injerencia en la campaña electoral del 2016, aunado a la decisión de elegir a Robert Muller como el nuevo Fiscal Especial, a propósito de supervisar la investigación sobre la injerencia rusa. Con este antecedente por delante y bajo la aceptación del presidente de Estados Unidos en Varsovia que el Kremlin pudiera haber interferido en las elecciones es que se celebró el primer encuentro entre Vladimir Putin y Donald Trump. Pese al anunciado cese al fuego en el Sur de Siria por ambos mandatarios, los sinsabores de la relación están marcados por sus diferencias frente al regimen de Bashar al Assad, el conflicto en Ucrania y la anexión de Crimea por parte de Rusia.

Más allá de los vericuetos geopolíticos entre las potencias del G7 y Rusia, el G20 atestiguó otro encuentro espinoso: la reunión entre Enrique Peña Nieto y Donald Trump. Si bien no se esperaban grandes acuerdos, el “murmullo” de que México pagaría la construcción del muro volvió a enardecer la relación bilateral, una oportunidad que perdimos para responder en -forma de murmullo- la inutilidad del muro y la negación de pagarlo. Es la falta de dignidad el peor consejero cuando estamos próximos a arrancar las negociaciones del TLCAN. ¿Cómo vamos a negociar cuando no terminamos de leer, medir ni calibrar al Sr. Donald Trump?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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