LA PAZ EN COLOMBIA


Tras 52 años de conflicto armado y varios intentos fallidos por alcanzar la paz, el actual presidente Juan Manuel Santos, cuyo índice de popularidad es del 24%, pasará a la historia como el gran estadista que selló la paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP). De esta manera se le pone punto final a un conflicto que dejó 220 mil muertos, casi 8 millones de víctimas y 6.9 millones de desplazados, las cifras que se maneja la comunidad internacional.

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Fuente: zonacero.com

La guerra en Colombia encontró un punto muerto que obligó al Gobierno y la guerrilla favorecer el espinoso y delicado camino por la paz. Aunque el gobierno de Álvaro Uribe logró dar golpes espectaculares contra las FARC-EP y consiguió un portafolio de éxitos con las muertes de Luis Edgar Devia Silva -alias Raúl Reyes- y Pedro Antonio Marín, mejor conocido como Manuel Marulanda, desmovilizaciones de las autodefensas, incautación de armas y diversas capturas, la dura realidad mostró que no se podía hablar de la victoria definitiva del Gobierno o del fin categórico de la guerrilla. Sin embargo, la geopolítica si dictó los tiempos de paz ante la muerte de Hugo Chávez, el declive de la prosperidad en Venezuela y la histórica reconciliación entre Washington y La Habana.

El apretón de manos entre Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, alias Timochenko, puso fin al conflicto más antiguo del hemisferio occidental. Una hoja de ruta que encontró negociaciones marcadas por obstáculos, dilemas, contradicciones y una serie de avances y retrocesos. La voluntad política y vocación de diálogo se pusieron a prueba con los compromisos más polémicos y espinosos del Acuerdo de Paz, que incluyeron arreglos sobre la dejación de armas, desmovilización, cultivos ilícitos y la problemática del narcotráfico, además de los siguientes:

  1. Justicia y reparación de víctimas acompañado de un proceso de justicia transicional. Aquellas personas que cometieron crímenes de guerra y lesa humanidad no serán enjuiciadas bajo los criterios que hubiera impuesto la Corte Penal Internacional, sino tendrán que cumplir con un máximo de 8 años de prisión y realizar trabajo comunitario. Mientras que unos le llaman paz otros le llaman “injusticia y una piñata de impunidad”. 
  1. Participación de la guerrilla en la vida política. Según los Acuerdos de Paz y de cara a las elecciones del 2018, las FARC-EP tendrán asegurados 10 escaños en el Congreso. ¿Podrán convertirse en diputados y senadores los criminales que formaron parte de una organización armada, guerrillera y/o terrorista? Este punto ha generado un sentimiento de desconfianza ciudadana, pese a que la historia latinoamericana enseña que es posible dejar las armas y participar en política. Dilma Rousseff, José Mujica y Daniel Ortega, son los más claros ejemplos de cómo guerrilleros pasaron a ser presidentes en Brasil, Uruguay y Nicaragua respectivamente.
  1. Reforma rural integral del campo. Se busca cerrar la brecha de desigualdad entre la ciudad y el campo, un principio de transformación social que llega después de medio siglo de conflicto armado. Las FARC-EP siempre denunciaron la alta concentración de la propiedad de la tierra en Colombia y la necesidad de conquistar una mayor justicia distributiva. Con el Acuerdo de Paz se instrumentará un plan de desarrollo rural muy ambicioso para potenciar el campo mediante créditos, subsidios y asistencia técnica, además de formalizar la tenencia de la tierra y crear un fondo de tierras.

La comunidad internacional fue testigo de la firma del Acuerdo de Paz. A Cartagena de Indias asistieron más de 10 presidentes latinoamericanos, líderes de la diplomacia europea y jefes de los principales organismos multilaterales. Asimismo, en el marco del 71 periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU y bajo la celebración del Día Internacional de la Paz, el presidente Santos dirigió un discurso sobre el fin del conflicto armado en Colombia, un mensaje histórico que coloca a América Latina como la única región libre de conflictos armados.

La firma del Acuerdo de Paz en Cartagena fue un momento histórico y decisivo. Sin embargo, para garantizar el desenlace definitivo del conflicto, los reflectores se dirigen hacia el referendo que tendrá lugar el 2 de octubre. La pregunta “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?” ha sido blanco de críticas, particularmente en la redacción por considerarla “tendenciosa”. Antes de hacer pública la pregunta, existían enormes variaciones en las encuestas sobre el posible comportamiento del voto ciudadano; mientras que los estudios más recientes arrojan una victoria holgada a favor de la paz con alrededor del 70%, frente a un 25-28% que optarían por la opción del “no”.

Detrás de las fuerzas detractoras de la paz se inscriben los expresidentes Andrés Patraña y Álvaro Uribe (hoy senador), y el exprocurador de justicia Alejandro Ordoñez. Extraña que estos líderes colombianos no se hayan subido al tren de la paz, un proceso irreversible y definitivo que busca priorizar más la reconciliación que el olvido.

Con la certeza de alcanzar el umbral del 13% de los votos a favor de la paz, el verdadero reto será enfrentar los desafíos del posconflicto. Hay temor de que la paz genere vacíos que puedan ser aprovechados por los grupos de sombra y redes de organizaciones criminales, y actores comprometidos con la economía de guerra y la ilegalidad. Por otro lado, en el ambiente social hay miedo de que la paz no cierre la pinza por completo. Algunos combatientes de las FARC-EP, desconfiados del proceso, han buscado engrosar las filas del otro actor de importancia guerrillera en Colombia que sigue activo: el Ejército de Liberación Nacional (ELN), movimiento insurgente que estuvo inspirado en la Revolución Cubana y respaldado ideológicamente por Fidel Castro.

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Fuente: lanacion.com.ar

El Acuerdo de Paz seguramente se convertirá en un referente a nivel internacional. Hay que esperar sus primeros resultados y no sorprendernos por los dolores de cabeza que pueda traer su implementación y fase posconflicto. ¡Una paz imperfecta, pero al final de cuentas paz!; loable es también la política de comunicación social del gobierno de Juan Manuel Santos. Después de cuatro años de negociaciones, el gran reto era comunicar de manera pedagógica qué es la paz y cómo socializar entre la población sus principales conceptos difundidos en 297 páginas.

Tampoco se puede dejar de lado la participación de Noruega y Cuba en la diplomacia de la paz en Colombia. El primero como principal facilitador de las negociaciones y el segundo sede y garante de las pláticas de paz. Vale la pena recordar que México tuvo una destacada participación cuando los diálogos de negociación se trasladaron a la ciudad de Tlaxcala, tras el golpe de Estado en Venezuela de 1992, conversaciones que terminaron en el fracaso ante el secuestro y muerte del exministro Argelino Durán. Empero, y con un enorme prestigio de mediador y reconocido a nivel internacional por su apoyo al derecho internacional humanitario y las causas del desarme, nuestro país, en esta ocasión no fue partícipe dentro de los diálogos que llevaron a la paz en Colombia. Acompañamos el proceso, pero nuestra participación ha sido marginal. Con el interés y la aspiración de recuperar espacios en América Latina, México perdió esta apuesta y solo se contentó con la creación del Grupo de Amigos por la Paz en Colombia y con la Iniciativa Global para el Desminado, a la que contribuiremos con un millón de dólares y 11 efectivos –por lo pronto- para ayudar en esta tarea, que ha hecho de Colombia el segundo país más minado del mundo, después de Afganistán y cuyas muertes causadas han superado las 10 mil personas.


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