El T-MEC es la insignia de América del Norte


El 1 de julio entra en vigor el T-MEC, el nuevo macro-tratado que define las reglas del juego económico, comercial, laboral y medioambiental entre México, Estados Unidos y Canadá. Después de 26 años de haber puesto en práctica el TLCAN, el acuerdo se moderniza y actualiza a los cánones del siglo XXI, la ecuación geopolítica que nos permite visualizar al gigante del Norte como “una oportunidad y no amenaza”, revirando la concepción histórica y negativa que caracterizaba a la relación más importante de México con el mundo.

Así lo demuestran las cifras, la región representa el 18% del PIB total, el primer receptor de inversión extranjera del mundo y un motor de exportaciones globales llegando al 16%. Incluso, México y Estados Unidos han consolidado su posición como primeros socios comerciales, relegando a China a un doloroso tercer lugar en pleno tsunami pandémico, guerra comercial y cuando en juego está la reconfiguración de la correlación de fuerzas a nivel internacional.

El nuevo acuerdo incorpora capítulos en temas laborales, anticorrupción, medio ambiente, un apartado indígena; y añade rubros como el comercio electrónico, servicios transfronterizos, entre otros. Además, destaca la imposición de una restricción altamente controvertida: el capítulo 32 limita la posibilidad de entablar acuerdos comerciales con “economías de no mercado”, un punto ácido de autoría trumpista en clara alusión a la contención geopolítica de China. En su conjunto, todo lo anterior formará parte de la nueva coreografía que guiará las relaciones trilaterales por lo menos hasta los próximos 16 años, pese a que el T-MEC será sometido a revisión cada seis.

Bajo la tutela del “comercio justo”, México acredita ganancias y pérdidas con el nuevo tratado. Se mantiene un capítulo relativo a la solución de controversias, el giro superavitario del sector agropecuario (siempre y cuando no se impongan ventanas de estacionalidad); aunque nuestro sector estrella, el automotriz, requerirá comprobar un valor de contenido regional más estricto del 66%, siendo objeto de incremento al 75% en el transcurso de tres años. Además, debe comprobar que ejecuta el 70% de las compras de aluminio y acero en la región de América del Norte y que fabrica autos en zonas de más altos salarios.

Al respecto, destaca la presión del Partido Demócrata plasmada en el protocolo modificatorio del tratado de asegurar el cumplimiento total de la reforma laboral en México, en aras de fortalecer los derechos de los trabajadores, dignificar condiciones de trabajo y eliminar el trabajo forzoso e infantil. En ese sentido, el T-MEC abre la opción de convocar a paneles laborales para resolver controversias y la creación de comités de vigilancia laboral al interior del Capitolio. Tengamos cuidado con este tema porque ya se enfilan denuncias laborales en contra de México, que bien pueden capitalizarse políticamente en el rally electoral. Asimismo, no desdeñemos las obligaciones mexicanas en cuanto a democracia sindical, un punto flaco de nuestro quehacer público.

Recordemos que el TLCAN multiplicó por 6.5 veces el comercio mexicano, incrementó los flujos de inversión extranjera y las cadenas de valor globales. Empero, poco contribuyó en la generación de empleos bien remunerados y falló a la hora de nivelar las asimetrías de desarrollo entre los tres países, así como aminorar las inequidades rampantes entre el Norte y Sur mexicanos. Incluso, no alentó la caída de la inmigración hacia Estados Unidos, pues los desplazamientos alcanzaron un punto máximo en 2007.

En el contexto de la emergencia sanitaria por el COVID-19, el T-MEC no dará el salto cuántico tan anhelado, ni tampoco será la varita mágica para conquistar más crecimiento y bienestar. Sólo será un disparador resonante y positivo en la medida que esté acompañado de un conjunto de políticas públicas estratégicas y alineadas entre sectores y actores, a propósito de aprovechar toda su potencialidad.

En medio de la peor pandemia de los últimos 100 años se inscribe la amenaza de que el T-MEC – la insignia más vanguardista de América del Norte- y la visita de AMLO a Washington se intoxiquen por cuestiones electorales en Estados Unidos. Basta recordar que en su libro “La habitación donde sucedió: una memoria de la Casa Blanca”, John Bolton explica cómo Trump solicitó a China la compra de productos agrícolas a Florida y Georgia, a propósito de conseguir su reelección. Si bien AMLO está urgentemente necesitado de dar una buena noticia en la peor crisis económica de la historia moderna del país, lo más aconsejable es que en un año electoral en la Unión Americana mantenga la sana distancia y se quede en casa.

Un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: