Lecciones de la contienda en Ecuador.


En la noche del 11 de abril, en el súper domingo electoral, los sondeos a boca de urna daban como vencedor a Guillermo Lasso del Movimiento Creando Oportunidades (CREO), pese a que algunas encuestas previas pronosticaban un empate técnico. Sin embargo, con el pasar de la noche, la diferencia porcentual de hasta cinco puntos entre ambos candaditos no se cerró, y tanto el presidente Lenin Moreno, como Andrés Araúz, adversario de Lasso, le felicitaron por el triunfo.

El triunfo fue catalogado como “sorpresa” por algunos medios, considerando que Araúz lideró la primera vuelta, y Lasso llegó al balotaje con apenas un diferencial del 0.3% del siguiente contendiente, el líder indígena Yaku Pérez, quien, dicho sea de paso, pidió a sus seguidores votar en nulo durante la segunda vuelta como una muestra de protesta o inconformidad. De cualquier manera, podemos situar el triunfo de Lasso en un elemento ya presente en la región desde hace unos años: el voto de castigo o antioficialismo.

Lasso terminó acercándose más durante la campaña al presiente Moreno, sí, pero no debemos perder de vista su trayectoria: un empresario católico conservador cuya carrera y experiencia política se limita a cuando fue nombrado gobernador de la provincia de Guayas en 1998, y cuando sirvió como ministro de Economía en 1999, para después enfocarse en sus negocios particulares y pequeñas encomiendas en la esfera pública, hasta la fundación de su partido en 2012. Durante las dos elecciones anteriores, cabe recordar, Lasso siempre hizo retórica de la necesidad de ruptura con el legado político “progresista”.

Otro elemento que debemos añadir al análisis es si el propio resultado podría ser la antesala de una próxima tendencia: la revuelta (nuevamente) de los proyectos de izquierda en la región, fortalecidos con las victorias de Alberto Fernández en Argentina y Luis Arce en Bolivia en 209 y 2020 respectivamente. La jornada ecuatoriana había generado gran expectativa para el Grupo de Puebla, pues un hipotético triunfo de Araúz podría, en palabras del expresidente Evo Morales  hacer posible “volver al proyecto integracionista de la patria grande de Chávez, Néstor Kirchner, Lula y Correa ya que renacerá Unasur y se fortalecerá Celac”.

De cualquier manera, es aún pronto hacer conclusiones sobre sí este “revés” para la izquierda es un pronóstico. Habrá que esperar para saberlo, pues en este bienio 2021-22, las seis principales economías de Latinoamérica irán a las urnas, cuatro de las cuales renovarán la presidencia (Perú y Chile en este año, y Brasil y Colombia en el 2022). Las otras dos, México y Argentina celebran elecciones intermedias, cuyo resultado puede interpretarse como un termómetro a las gestiones de sus mandatarios.

Empero, la elección deja en sí una gran lección: que la polarización está muy presente y tomará tiempo decrementarla. La alternancia, a final de cuentas, llega un momento en que se necesita generar consensos en el marco de una profunda recesión y una pandemia que afectó de forma temprana y dura al país, señaló el Dr. Daniel Zovatto en una entrevista al respecto. En ese sentido, vale la pena recordar cómo fue el proceso en la primera vuelta del 7 de febrero.

En aquella jornada, las fuerzas consideradas de izquierda -la Unión por la Esperanza (correísmo), el Movimiento Indígena Pachakutik y la Izquierda Democrática encabezada- obtuvieron casi el 67% de los votos. ¿Por qué entonces Araúz sumó sólo 15 por ciento más de los votos en la segunda vuelta, resultando ineficientes al final? La respuesta es precisamente esta alta fragmentación por la cuál que ninguno de los otros dos líderes de izquierda (Pérez y Hervas) llamó a votar por el movimiento de Correa. La larga sombra política del expresidente, aunque esencial en la primera vuelta, demuestra que terminó siendo un lastre si busca seguir ejerciendo su poder directa o indirectamente.

¿Qué representa el triunfo de Lasso? De momento, que Ecuador siga en la ruta para mantener las políticas abiertas al mercado. Lasso prometió mantener el acuerdo de Moreno con el Fondo Monetario Internacional (FMI) frente a un Arauz que quería desconocer las condiciones de la financiación y que prometía un amplio gasto social pese a las débiles finanzas públicas y una economía con problemas de liquidez. Más allá de cuál fórmula sea la correcta y si se decidió por ella, el nuevo presidente tendrá que conciliar la necesidad de atender los reclamos sociales con la realidad fiscal.

El año pasado la economía ecuatoriana se contrajo en más del siete por ciento y para este año se espera un crecimiento moderado ligeramente superior al tres por ciento. Gobernar con altas expectativas no será fácil para el presidente electo, pues incluso en el legislativo apenas tendrá 12 de 137 sillas, que sumadas a las 19 curules que consiguió el derechista Partido Social Cristiano serían insuficientes frente al correísmo que tendrá unos 48 legisladores, o el Pachakutik con 27 curules. El resto de los asientos está repartido en partidos menores y la Izquierda Democrática.

Como menciona Jerónimo Ríos Sierra en un artículo, si Guillermo Lasso quiere disponer de ciertos elementos de gobernabilidad, ha de saber adaptar su programa político a las circunstancias actuales que atraviesa el país, especialmente, a la hora de matizar sus agendas de gobierno y conferir ciertas políticas de mayor impronta social.

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