Biden-Putin: el primer encuentro cara a cara


La geopolítica global espera una cita infalible el próximo 16 de junio cuando se realice el primer encuentro presencial entre el presidente ruso, Vladimir Putin, y el inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden. Aunque la relación entre Washington y Moscú se presenta tiesa y discrepante, a ningún actor político internacional en su sano juicio le conviene el envenenamiento de las relaciones bilaterales, torales para garantizar la seguridad colectiva global en un mundo multipolar.

Trump y Putin congeniaron en una relación altamente funcional tejida con base en su vocación autócrata y secretista que evitó la confrontación abierta en temas como Ucrania, Siria, la intromisión rusa en las elecciones presidenciales de 2016 y presuntamente en 2020, la confiabilidad de las agencias de inteligencia, o incluso las posibles recompensas rusas por el asesinato de soldados estadounidenses en Afganistán. Después de todo, ambos líderes se entendían, e incluso hubo una especie de admiración del exmandatario estadounidense frente al ruso.

En suelo estadounidense, Trump gobernó con tintes imperiales degradando el sistema de pesos y contrapesos y embistiendo en contra del Capitolio luego de un inexistente fraude electoral, pero que alimentó su narrativa como victimario. Precisamente este revés antidemocrático sellará la política exterior de Joe Biden. En las reuniones previas que sostendrá antes de su encuentro con Putin -a saber, las cumbres del G7, la OTAN y con la Unión Europea- buscará refrendar la coalición de las democracias liberales en el mundo ante la nueva ola autoritaria.

Por otra parte, la pulsión autoritaria de Putin se amplía en evidencia. El Kremlin domina por completo el espectro político, con la Duma del Estado y los jueces aprobando todas las directivas dictadas por la Oficina Presidencial; se han encarcelado a opositores prominentes, además de aprobar los cambios constitucionales con los que Putin podría alargar su estancia en el poder hasta el 2036, respaldados vía plebiscito. Ante los ojos de Biden, Putin es un adversario para Estados Unidos: un hombre cesarista que ataca los cimientos de las democracias liberales, desestabiliza a Occidente y contraviene el interés nacional de la Unión Americana.

Con sede en Ginebra, el primer encuentro personal entre Joe Biden y Vladimir Putin será áspero. El ambiente así lo marca: el mayor arsenal militar ruso desplegado en su frontera con Ucrania, el choque por el apoyo de Putin al presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko -quien se aferró a un sexto mandato presidencial-, su alianza geopolítica con China en el Consejo de Seguridad de la ONU, sus diferencias marcadas en Siria, el apuntalamiento de la Casa Blanca contra los ciberataques rusos y la piratería informática en el caso Colonial Pipeline (una de las mayores redes de distribución de combustible de Estados Unidos), así como el envenenamiento y arresto de Alexei Navalny, el activista anticorrupción y el rostro más destacado de la oposición rusa.

A lo anterior debemos añadir el retiro de Moscú del Tratado de Cielos Abiertos en reciprocidad a la salida de Washington de dicho tratado en tiempos de Trump -que cobra mayor importancia tras la decisión de Bielorrusia de obligar a un avión comercial a aterrizar en Minsk para arrestar al disidente Roman Protasevich. Asimismo, el músculo ruso se deja tocar con los simulacros estratégicos y ensayos balísticos en aguas del Ártico, reclamaciones marítimas vinculadas a la ruta del Mar del Norte y la intención de aumentar su huella militar en una región santuario de patrimonio de la humanidad y mediante el estrechamiento de relaciones y acuerdos de cooperación militar con una variada gama de países africanos.

Como era de esperar, Biden ya ha respondido. Además de llamarlo “asesino” en televisión nacional (en relación al caso Navalny), ha impuesto nuevas sanciones al Kremlin que profundizan la crisis económica, el desempleo y atizan el malestar interno. Además, Biden podría llegar empoderado a su encuentro si fortalece la unidad occidental en las cumbres del G7 y la OTAN, particularmente en temas como el gasoducto Nord Stream 2, el gasto de defensa de la OTAN y el acercamiento a Ucrania y Bielorrusia. En la OTAN, por ejemplo, la nueva visión 2030 exhorta a la organización a ser más global y militarmente fuerte, e incluso fomentar un enfoque de doble vía de disuasión y diálogo frente a rivales geopolíticos, lo que amenaza, sin duda, el cinturón de seguridad ruso. Al respecto, Putin señaló en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo: “no tenemos desacuerdos con Estados Unidos, solo tenemos un desacuerdo: su deseo de frenar nuestro desarrollo”.

No hay que olvidar que detrás del desafiante y provocador Vladimir Putin se esconde la aspiración histórica de recuperar el espacio que le corresponde a Rusia en el escenario internacional, de enaltecer su estatus como potencia global y defender la paridad en las relaciones internacionales, así como resguardar su zona de dominio e influencia. Esta será la divisa de transe en su encuentro con Joe Biden. Para mantener un mínimo de estabilidad se debe acomodar la siguiente ficha de intercambio: Putin tendrá que entender que Biden no será complaciente, y Biden deberá leer a Putin como la carta fuerte y legítima de Rusia en materia de orden y seguridad.

Este texto fue publicado originalmente en Expansión.

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