El pulso antidemocrático en Estados Unidos


El 2022 inicia con la conmemoración de un hecho político que trasciende fronteras. El 6 de enero del año pasado, Estados Unidos selló un retroceso implacable en su comportamiento democrático. Como sabemos el asalto al Capitolio no fue producto de una invasión extranjera o fraguado por un puñado de manifestantes furiosos y aislados por los resultados electorales que encumbraron a Joe Biden como el presidente número 46 de la Unión Americana, sino fue planeado, ejecutado y orquestado desde el seno de la Casa Blanca. Una lección muy dolorosa de digerir para un país considerado ícono de la democracia liberal y una superpotencia que ejerce dominio, influencia y poder sobre las decisiones que se toman en el resto de los países.

Bajo el ADN nativo e iliberal de Donald Trump, la erosión democrática en Estados Unidos se hizo más que evidente. La corrupción política, los conflictos de interés, la marcha atrás en materia de transparencia y gobierno abierto, así como la naturaleza hostil sobre el papel esencial que desempeña el periodismo en la democracia han disminuido el coctel de libertades al grado que Freedom House reportó que en la última década la Unión Americana disminuyó en 11 puntos su ranking de libertades.

En este camino de descomposición democrática, no sólo se apunta el asalto mortal al Capitolio sino la intención de revertir los resultados electorales con falsas acusaciones, pese a la evidencia y el hecho tan llamativo en la actualidad de que el 70% de los republicanos siga creyendo que Biden fue elegido de manera ilegítima.

Trump fue reacio a facilitar un traspaso pacífico del poder, recordemos que no acudió a la ceremonia de investidura de su sucesor (el primer presidente en no hacerlo desde 1869) y quien presionó al decisivo estado de Michigan para que los electores cambiaran los resultados electorales, a propósito de revocar la certificación de la victoria demócrata. Años antes pactó con Rusia para interferir en las elecciones del 2016.

La batalla continúa para atacar la democracia desde dentro: durante el 2021, se introdujeron más de 440 proyectos de ley que buscan dificultar el acceso al sufragio y restringir el voto de las minorías en Estados Unidos en 49 estados (Brennan Center for Justice), una acción que se entremezcla con la intención de rediseñar los distritos electorales, repensando y trazando aquellos en los cuales los republicanos puedan ganar en el futuro cercano.

Una de las mayores decepciones del primer año de la presidencia de Biden es que los demócratas no han podido aprobar leyes clave sobre el derecho al voto, precisamente en un momento en que nos acercamos a las elecciones intermedias del 2022, donde los demócratas pueden perder la mayoría en la Cámara de Representantes y su posición en el Senado.

Por ello, la bancada azul presiona para aprobar en este mismo mes la Freedom To Vote Act (Ley de Libertad de Voto), con la cual los 50 estados estarán obligados a permitir la votación por 10 o más horas, además de establecer 15 días de votación anticipada y una mayor protección y expansión al voto por correo postal.

Justamente, la intención de deconstruir la talla democrática en Estados Unidos será la gran prueba de fuego para Joe Biden en sus próximos tres años de gobierno, el presidente que se enfila a cumplir sus primeros 365 días gobernando con un ambiente extremadamente tóxico y polarizante.

Bajo este caparazón, Biden convocó a una Cumbre Mundial de las Democracias que se celebró de manera virtual en diciembre pasado, no sólo por el auge de las autocracias en el mundo -Putin, Xi Jinping, Erdogan, Orban, Bolsonaro, Duterte, entre otros-, sino por el golpe fulminante que esta forma de gobierno atestigua en el país más poderoso del mundo.

Biden iniciará su segundo año de gobierno con el gran desafío de cerrar los hoyos negros que corrompen la democracia estadounidense y frenar las pulsiones autoritarias más preocupantes que se hayan materializado desde la guerra civil. Pese a que hará todo lo posible para demostrar que la democracia y el liberalismo es una fórmula que sí funciona en el siglo XXI, lo que acontece en Estados Unidos es una crisis de ideales y de valores fundacionales de la nación que puede conllevar a una guerra civil, una advertencia que ya se socializa incluso entre la academia.

Darrel West de la Brookings Institution ha señalado que las diferencias culturales, económicas y políticas han generado indignación, hostilidad y guerras fronterizas a través del federalismo con estados aprobando leyes que difieren a la de otros. A un año del asalto al Capitolio y a la espera de los resultados de la investigación que realiza un comité legislativo destaca que un tercio de los estadounidenses considere justificada la violencia contra el gobierno, el ímpetu necesario para denigrar más el ambiente político en Estados Unidos y darle rienda suelta a las autocracias que se jactan y consolidan por el mundo.

Rina Mussali

Este artículo fue publicado originalmente en el sitio Expansión

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