La victoria agridulce de Joe Biden


Cuatro días después de la elección se confirmó el triunfo del ticket Biden-Harris, una victoria esperada que será recordada como una de las más reñidas de la historia política estadounidense. Es cierto, el total de votos del Colegio Electoral conseguidos por la fórmula demócrata podría confundirnos sobre la amplia diferencia, considerando que con el triunfo en Arizona y Georgia superarían los 300 electores; sin embargo, un seguimiento detallado de los principales estados bisagra explica lo contrario: en Wisconsin, Arizona y Pensilvania la diferencia fue del 0.6%; y en Georgia se produjo en empate técnico. Estados, que de haber retenido Trump le hubieran otorgado la anhelada reelección, el manto protector que justamente necesita para esquivar su cita atrasada con la justicia.

Aunque el principal objetivo de los demócratas era arrebatarle a Trump la Casa Blanca, un sabor semiamargo se apoderó de las filas del partido. A partir del 20 enero del 2021, los destinos de la Unión Americana serán guiados por un presidente políticamente correcto, racional, centrado y cooperante; pero tendrá que lidiar con una Cámara de Representantes que no refleja la “ola azul” como se pronosticó y un Senado prácticamente partido en dos, además de una Corte Suprema con mayoría conservadora.

La diferencia del 10-12% de intención de voto a favor de Biden, como la gran mayoría de las encuestas proyectaba, no terminó por concretarse. La victoria política alcanzada se acompañó de una derrota moral ante la falla de no haber acreditado una dosis de rentabilidad electoral mayor, cuando Estados Unidos y el mundo atraviesa la peor crisis económica y sanitaria de los últimos 100 años. No se impuso el mandato del “cambio contundente”, pues millones de estadounidenses siguen manifestando un desprecio profundo por las élites, la política tradicional y el establishment en Washington.

Lo anterior no es cosa menor. La base electoral que Trump cultivó en los últimos cuatro años junto con su cosmovisión ultra-conservadora no desaparecerá. Será tarea titánica del nuevo presidente encontrar la forma de reducir la polarización con los cerca de 71.5 millones de estadounidenses que votaron por el republicano, el 48% del total de electores y evitar que se conviertan en esa sombra incómoda y peligrosa con capacidad de manifestarse decisivamente en las elecciones legislativas y de mitad del periodo en 2022.

Debemos de ser simples y claros: la contienda de la semana pasada no fue por la fórmula Biden – Trump, sino por el ticket Trump – antiTrump. Dicho de otra forma, entre aquella población más inclinada de proteger “patrióticamente” la identidad nacional tradicional basada en la raza, el origen étnico y la religión, frente a otra centrada en promover los intereses de una amplia variedad de grupos vulnerables, como minorías étnicas, inmigrantes y refugiados, mujeres y personas de la comunidad LGBT.

Precisamente, Trump abandonará la Casa Blanca pero permanecerá en el teatro de la política nacional, no como una fuerza crítica y propositiva sino como una fuerza altamente disruptiva y bravucona que encontrará su mejor alimento en la sociedad binaria. Por su parte, Biden cometería un grave error si pasa por alto la vitalidad trumpista que se manifestó con el voto blanco, rural, agrícola y de poblaciones de edad avanzada, así como el voto latino que fue clave en el estado de Florida y en creciente ascenso.

Si bien, Trump en sus cuatro años no pudo cumplir a cabalidad la construcción de un muro físico y completo que divida a nuestros países; sí cultivó un muro ficticio político e ideológico apto para atizar el conflicto. No nos debería de sorprender que en los siguientes cuatro años siga en plena campaña utilizando el coctel de mentiras, falsedades y teorías conspiracionistas que propagará vía redes sociales, eventos televisivos y reality shows para presentarse como la víctima del sistema bajo un conteo “extemporáneo”, y que sirva de base para lanzarse a las presidenciales del 2024 o bien impulsar la carrera política de su yerno o de sus hijos, lo que irónicamente, sellaría su gusto de recrear una dinastía política, el acomodo que tanto aborreció cuando Hillary Clinton se presentó como la candidata oficial del Partido Demócrata hace cuatro años.

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