México: el otro virus.


El tsunami pandémico del COVID-19 le ha dejado a México un torrente de lecciones, sin embargo, una se autoimpone de manera poderosa y singular: nuestro país no puede escapar a las correas de transmisiones globales. No somos un país libre de dictados o de influencias externas. Nos guste o no debemos ampliar y entrenar de manera disciplinada la mirada de México en el exterior, a propósito de anticipar riesgos y adoptar políticas públicas en beneficio de la mayoría de la población.

Mientras que detrás de la máscara mexicana se esconde un país profundamente ombliguero, provinciano y cortoplacista, en el teatro de la política internacional se exacerban los tirones geopolíticos globales, la crisis planetaria, la irrupción tecnológica, la proliferación nuclear, la guerra comercial, la contracción económica, la efervescencia política y el grito social.

Todo ello envuelto de la nueva Guerra Fría que se está desdoblando entre Estados Unidos y China, tras la emergencia sanitaria, la fuerza que institucionalizó la discordia bipolar y que desacomodará la política exterior tradicional de los países. Ya basta de entender y comprender la compleja y enredada realidad mexicana bajo círculos concéntricos – aislados y desconectados- que se niegan a darle cabida a la estela de correlaciones, interdependencias y empalmes entre la órbita interna y externa.

La misma llegada de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) al poder está inscrita en el ecosistema rabioso internacional que se fraguó en contra del statu-quo. No desdeñemos el hecho de que el presidente se convirtió en el mandamás mexicano cuando otros 27 liderazgos populistas del mundo estaban en el poder.

Comprender la llamada cuarta transformación (4T) sin el marco internacional es un grave error. Si bien la llegada de AMLO al poder obedece al saqueo, desgobierno, corrupción y sangrado social de gobiernos anteriores, su arribo está profundamente vinculado a los dictados de la IV revolución tecnológica, la crisis financiera del 2008, el credo antiglobalización, el brexit, el fenómeno Trump y el ascenso populista y nativista en el mundo, ésta última la respuesta para contener el récord histórico del éxodo migratorio mundial. Precisamente, AMLO se inscribe dentro del ecosistema rabioso internacional que se fraguó contra el statu-quo y la clase dirigente tradicional (establishment).

La discusión va más allá de favorecer a gobiernos de derecha conservadora o de izquierda progresista y todas las inclinaciones políticas e ideológicas que se desdoblan en medio. Eso no quita que el país sea sumamente vulnerable a lo que suceda en el escenario internacional. Se nos olvida que lo que ocurre allá afuera tiene repercusiones en la vida diaria de los mexicanos.

El Banco Mundial (BM) ha señalado que el 78% del PIB nacional está relacionado con el comercio exterior; resulta inútil presumir soberanía plena en materia de política migratoria si esquivamos los dictados de Estados Unidos en la realpolitik, o si fallamos en comprender los tiempos políticos y electorales de las potencias centrales sistémicas.

Incluso, la divisa de la identidad que utiliza AMLO y que crispa la escena política no es una recreación exclusiva, sino más bien se inscribe dentro de una tendencia internacional de cómo algunos actores hacen política en los albores de la tercera década del siglo XXI.

Por todo ello, la 4T no escapa al choque entre fuerzas sistema-antisistema, voces globalistas y nativistas, sociedades abiertas y cerradas, la brecha entre élites y agraviados, calificados y segregados, así como los defensores de la democracia liberal versus el autoritarismo plebiscitario.

¡México no es un país asintomático!

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